David Torres

Ha concluido prácticamente la segunda década de este controversial Siglo XXI y la apuesta por los inmigrantes y el significado histórico de sus contribuciones mantienen una vigencia inocultable.

Tan es así, que incluso con unas elecciones presidenciales en puerta, mismas que por su complejidad serán un nuevo parteaguas en el destino de Estados Unidos, la tarea de ser migrante refleja todo el tiempo de qué realmente está construida la amalgama de este país.

De hecho, el paréntesis mundial que ha significado la pandemia de coronavirus no ha ensombrecido del todo al tema migratorio, pues a pesar de que la prioridad número uno del ser humano en este momento es combatir y por supuesto erradicar ese mal que ha afectado gravemente la salud pública, no hay actor político que no mantenga un nexo con lo migratorio; es decir, tanto quienes desearían desvincularlo de la historia local, estatal y nacional, como los que reivindican la importancia histórica y económica de quienes, con documentos o sin ellos, han dinamizado la sociedad estadounidense hasta el punto de darle un nuevo rostro y múltiples voces que ya definen su presente y su futuro.

En esa disyuntiva ha sido colocado el votante promedio actual, en una situación un tanto cuanto maniquea que incluso ha descontextualizado la esencia misma de la cuestión migratoria y ha dividido colateralmente la forma de interpretar, más allá de lo simbólico, la necesidad humana de contar con una demografía que garantice la continuación de este experimento social único y, quizá, irrepetible.

Y no hay estudio que no contraste el apoyo que recibe el inmigrante en la conciencia popular estadounidense, pues en su gran mayoría los resultados hablan por sí solos. Por ejemplo, en una encuesta reciente del Centro de Investigaciones Pew se encontró que el votante de este país reconoce en 60% que los inmigrantes fortalecen a la sociedad, a diferencia de 2016 cuando solo el 46% daba esa respuesta. Por otro lado, la idea de que el temor a que el inmigrante amenace los valores y tradiciones de Estados Unidos bajó a 37% en 2020, mientras que en 2016 esa preocupación alcanzaba el 50%.

Sin embargo, basta echar un vistazo a la gran cantidad de anuncios electorales que aún arremeten contra la presencia del migrante, especialmente latino, al que se insiste en denigrar y culpar con una fuerte carga de xenofobia y racismo de males de los que solamente el comportamiento económico-político mundial es responsable, expulsando de sus países de origen a oleadas de seres humanos que, como los más lejanos ancestros, solo buscan garantizar la sobrevivencia.

Es curioso, pero quienes no lo entienden de ese modo —amparándose únicamente en el aspecto “legal” a conveniencia, incluyendo otros latinos en mejor situación— han recurrido todo el tiempo a una herramienta discursiva que, de cuatro años a la fecha, ha convertido en chivos expiatorios lo mismo a trabajadores agrícolas, beneficiarios de TPS, Dreamers, solicitantes de asilo, con la consecuente separación de familias y la severa afectación a los menores migrantes, y a cualquier otro aspirante a emigrar hacia el país que en algún momento se consideró como única tabla de salvación para los desposeídos.

Ese dicurso, por cierto, no funcionó en modo alguno a los antiinmigrantes en 2018, por lo que sus principales promotores perdieron importantes contiendas electorales en ese año de manera contundente. Aun así insisten en reutilizarlo.

Y no importa si los inmigrantes, indocumentados o no, ya han demostrado con creces lo esenciales que son, especialmente en un momento crucial en que esta nación los ha requerido, tal como a otros grupos sociales, ya sea para combatir la pandemia o para asegurar el funcionamiento social mediante la distribución de víveres que ayudan a hacer girar día a día la cadena económica. El caso es que el manual ideológico que el xenófobo sigue al pie de la letra termina por ser su preboleta electoral imaginaria, llegando a conclusiones que hacen peligrar la convivencia social y, al mismo tiempo, hacen retroceder a este país hasta los linderos de su propio racismo originario, el que se suponía ya estaba aprendiendo a superar.

Quienes confunden la madurez de una nación como Estados Unidos con el poder de la supremacía blanca ignoran que este país ya no se puede ver en “blanco y negro”, sino que sus innumerables matices sociales deben ser la nueva carta de navegación para contrarrestar el autoritarismo que se ha instalado en la Casa Blanca y evitar que la intolerancia, de cualquier signo, se imponga al sentido común.